SEGUNDO CAPÍTULO

 

Al anochecer, mientras preparaba algo para la cena, creyó ver entre la heladera y el estante de las ollas, una sombra; al acercarse quedó petrificada: Un niño de unos doce años, estaba escondido, no menos asustado que ella. En forma suave y apenas escuchable expresó:

   -No se asuste señorita, no le haré daño alguno, solo me estoy es­condiendo, no me tenga miedo ¡por favor! - La mucama no atinó a nada, no alcanzaba­ a comprender cuándo ni cómo ni por dónde consiguió ese meque­trefe entrar en la casa.

Se sentó, le dijo que salga del escondite, lo hi­zo sentar a él también, exigiendo que  cuente, paso a paso, todo desde el principio, ¿Quién era, dónde vivía, y por qué entró a la casa? Eso sí, que sea la verdad sin ninguna clase de tapujos,

    -Adelante con su cuento, mocito.

 

Y esta fue la historia relatada:

   -Nací hace más o menos once años, no sé con certeza, pues fui abandonado a las puertas de un sana­torio muy grande, general o zonal, así me lo contaron, envuelto en unos trapos, dentro de una caja de botellas de aceite. 

A los pocos días me llevaron a un orfanato en la región sur. Allí viví unos cinco años.

Un día, fui conducido a la casa de unos agricultores bastante viejos, de esto si ya me quedaron algunos recuerdos, de por cierto bastante malos. Era una pareja de ancianos de escasos recursos, saco mis cálculos, pues para mi no había cama, y me acomodaba donde podía, sin siquiera­ tener una lugar especial para mi. Era una pieza grande, recuerdo, con una mesa inmensa en el centro y dos bancos largos a cada lado; en un costado una madera larga colgada donde se apilaba una cantidad enorme de ollas, tarros, platos y demás; en un rincón una pila de muchísimos papeles, no sé para que tantos; al final, en otro rincón, habían construido, con piedras, una especie de fogata, siempre encendida, donde  una olla grande de comida estaba calentándose. Con respecto a la comida le diré que era muy sabrosa, pero poca, siempre me quedaba con hambre, nunca me dieron un segunda vuelta, ni tampo­co la pedí, seré sincero.

El día comenzaba cuando todavía era noche; un tazón de leche, que venía de una de las dos vacas que tenían en una especie de corral, a un costado de la casa, y un pedazo de pan. Y salíamos al campo. O a las cebollas, a las papas, las zanahorias o ajíes.

No obstante no quería ir al campo, lo odiaba, me cansaba mucho, nunca dije nada, pues de seguro no me ayudaría mucho y aparte era muy posi­ble que me retornaran al orfanato. Ello de solo pensarlo me daba escalofríos.

 La joven no daba crédito a las andanzas del hombrecillo, su ansiedad fue más fuerte, y le pidió que continuara. Sin hacerse rogar, el muchachito continuó su relato:

 

­   -Así pasaron tres o cuatro años.

Al día siguiente de morir el viejo, me vinieron a buscar en una especie de camión. Viajamos muchas horas, cuando paramos ya estaba obscuro; había otros dos mu­chachotes que me molestaron todo el viaje, dándome golpes, empujones, me gritaron e insultaron, todo ello sin que les haya dado motivo alguno.

Al bajarnos se abrió delante nuestro un inmenso portón, nos indicaron por señas, que debíamos ir hacia una especie de cabaña; allí dentro nos ordenaron desvestirnos por completo; los otros dos se negaron protestando. Como respuesta recibieron sendas caricias en la parte posterior de las piernas, por medio de una especie de varillas; por supuesto no fue necesario repetir la orden. Nos llevaron a bañarnos. El agua helada, lo hicimos sin chistar, recibimos dos pantalones, dos camisas, y una especie de saco confeccionado con una especie de lona. Mis pantalones eran demasiado largos y los arrastraba, cuando pedí cambiarlos la varilla me contestó, entendí las razones.

Allí había muchísimos chicos, los del tercer piso eran muy grandes, pero no hombres; fumaban, tomaban, y molestaban a todos los demás chicos menores. Por las mañanas, nos ocupábamos de cortar y pintar maderas, de toda clase y tamaño.  Por la tarde salíamos a los patios, para correr; algu­nos jugábamos al fútbol, yo siempre hacía de arquero, pues me gustaba, no obstante siempre tenia mascullones en distintas partes de la cara, por los pelotazos recibidos.

El problema eran las noches. Después de la cena, nos repartían en las piezas; allí, a lo pocos minutos se cortaba la luz y nos estaba prohibido levantar la voz. Para ir al baño era necesario to­car un timbre,  obligaba al celador nocturno llegar a la pieza, averi­guar la causa del timbrazo, y si era para pedir permiso para el baño, la ida y vuelta del mismo era acompañada indefectiblemente por las varillas de los encargados. Pero lo peor era cuando los muchachones del tercero, con el afán de divertirse, entraban en las piezas de los más peque­ños para abusar de ellos. ¿Usted me entiende, no?

La asombrada, a su vez joven, optó por no contestar la pregunta. – Seguí con tu relato, por favor.

    - La primera vez que entraron en mi pieza, tuve la suerte de escucharlos. Los estaba esperando detrás de la puerta, al entrar ellos me escabullí y salí corriendo por el pasillo rumbo a la pieza del celador del piso. Le conté lo que estaba ocurriendo en la pieza y me metí debajo de su cama.

Él salió como disparado al corredor, y a los pocos segundos sonó el ruido infernal de un nervioso timbre. Se escucharon gritos y corridas en los pasillos, dejé pasar unos minutos y yo también salí a estudiar el ambiente: era un ir y venir de encargados, los chicos gritaban y se reían, convirtiendo aquello en un completo loquero. Alcancé a ver que se lleva­ban a dos muchachotes del tercer piso; mientras caminaban les pegaban con las varillas, ellos gritaban de dolor, pero nadie hacía caso de sus llantos. Por los parlantes ordenaron entrar en las piezas inmediatamente y acostarse. Mis compañeros no se dieron cuenta siquiera­ que yo estuve ausente. Nos acostamos, las luces se apagaron y mantuvimos el silencio

A la mañana siguiente nos enteramos, pues ese era el único tema de conversación, que los dos muchachos fueron trasladados la misma noche anterior, a una cárcel propiamente dicha.

Mientras almorzábamos, apareció un señor muy gordo y petiso.  Ahí nos enteramos que era el Director General del establecimiento, vino para anunciamos que desde aquél día regirán nuevos regla­mentos de conducta, y que además no se permitiría ninguna clase de perturbaciones y que las penas por cualquier falta a las reglas de comportamiento serían muy severas, inclusive el encerramiento en el *perturbador*, una pieza solitaria, con sólo agua durante una semana o más.

El silencio fue pasmoso. Nos fuimos a las piezas más temprano que nunca; sin hablar una pala­bra entre nosotros.

Los días siguientes continuaron; al ser las nuevas normas de disciplina tan estrictas, por cualquier cosita, un poco fuera de lo preestablecido, se condenaba al *delicuente* a pasar unos días allí en la pieza solitaria. Durante las noches, especialmente, se escu­chaban llantos y a veces gritos de los confinados. Partía el alma escucharlos.

Un día no aguanté más. Aprovechando la salida del camión de la basura, me tiré adentro y me escapé del establecimiento, y que sea lo que sea.

Caminé y caminé, descansando lo mínimo necesario, tratando de alejarme lo máximo posible.

Una vez me atacaron dos perros vagabundos, a uno lo lastimé feo con una piedra, el otro alcanzó dar un buen mordisco en esta mano, ¿ la cicatriz?

Me la até con un trapo que encon­tré, y me acerqué a una casa para pedir ayuda. La señora que abrió la puerta, no hablaba.

Conté lo ocurrido, me permitió pasar adentro. Me lavó la mano con agua fría y me puso unas hojas carnosas, de una planta, que hacía milagros dijo, sobre la herida; con un pedazo de sábana vieja, pero limpia, la vendó.  Me dio dos pedazos de pan y una manzana. Le di las gracias y salí nuevamente a los caminos.

Por ahí robé unas frutas, por otro lado verduras, en fin, me las arreglé.  Por las noches busca­ba casas o galpones abandonados, me acomodaba en un rincón, y esperaba la salida del sol pa­ra comenzar de nuevo la caminata, sin saber que me depararía el destino.

Así pasaron días y semanas.

Cada vez me resultaba más fácil conseguir comida, ya me estaba acostumbrando a la vida de linyera, pancho, sin problemas. De vez en cuando unas corridas, pe­queños sustos, pero nada del otro mundo.

Hace unos días pasé por la entrada de esta mansión, me percaté de los preparativos propios de un viaje, me dije: ésta es la mía. 

Supuse que la familia salía de vacaciones largas, a juzgar por la cantidad de valijas, bolsos y paquetes: excelente oportunidad para tomarme yo también un descanso de mis corridas. Me escondí entre los matorrales, esperé el momento propicio.  Me escabullí por la parte trasera, donde siempre están los galpones, la cocina y la entrada de la servidumbre. Cuando me pareció oportuno me metí adentro.

Lo demás usted. ya lo sabe. ¿Qué me va hacer ahora, señorita? ¿Llamará a la policía? ¡Por favor no lo haga! Yo no hice ningún daño, sólo comí un pollo y unas frutas.¡¡Déjeme ir por favor!!

    -Calmate mocoso, no te pasará nada, sólo déjame pensar qué hacer contigo. Mientras tanto  te preparé un tazón de leche con cacao, pan, dulce, y además unas masitas de chocolate- Dicho esto la mucama comenzó a preparar lo prometido.

No obstante el miedo acumulado, el hambre superó todo el momento del susto. Comió despa­cio, sin arrebatarse, pero eso sí, terminó con todo lo que había servido; mientras lo hacía, los ojos de Rosa no dejaban de estudiarlo. 

Era un muchachito bien desarrollado, de estatura superior a la edad que dijo tener, de buenos modales, facilidad de palabra, en fin, despistaba completamente la historia narrada. Siempre y cuando sería cierta.

Decidió albergarlo unos días en la casa, hasta encontrar una solución, y tomando el peligro de perder el trabajo si se descubriera todo el asunto. Le acomodó un lugar en el sótano para dormir.

CONTINUARÁ

|||||||||||||||||||||||||

Autores

María de los Ángeles Roccato (Argentina)

Beto Brom (Israel)

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ESCRITOR DISTINGUIDO
Comentario por Beto Brom el septiembre 30, 2021 a las 2:40pm

La tercera parte ya está publicada, Don Jesús, allí te esperamos....


CREADOR
Comentario por Jesús Quintana Aguilarte el septiembre 30, 2021 a las 11:16am

Beto hermano es una historia muy hermosa, y espero que nos entregues la tercera parte porque es muy interesante, felicidades un gran trabajo.


ESCRITOR DISTINGUIDO
Comentario por Beto Brom el septiembre 28, 2021 a las 3:02pm

Aguardo tu llegada en la continuación, IRICITA, contento con tu presencia


VICE-DIRECTORA
Comentario por Iris del Valle Ponce P. el septiembre 28, 2021 a las 10:56am

Mi querido Beto...

Sigo para el tercer capítulo aunque ya recordé la historia escrita hace varios años.
Igual... sigo mi camino porque fue un muy buen cuento
Saludos


ESCRITOR DISTINGUIDO
Comentario por Beto Brom el septiembre 27, 2021 a las 11:33pm

Los esperamos a todos en la continuación, ¿vienen?


DIRECTORA
Comentario por Bethzaida Montilla el septiembre 27, 2021 a las 9:40am

Excelente segunda parte mi amigazo, continuaremos esperando el desarrollo, abrazotes van.


Grup Admin
Comentario por Madusa el septiembre 27, 2021 a las 7:55am

Cerquita aun a veces en silencio disfrutando de cada post que nos comparten.  Aplausos para nuestros dos insignes poetas.  María de los Angeles y Beto.  Bendiciones. Madusa


POETA DISTINGUIDO
Comentario por Benjamín Adolfo Araujo Mondragón el septiembre 27, 2021 a las 5:52am

¡Muy interesante la segunda parte del relato, Ángeles y Beto; espero la conclusión!

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